Pauteé un reel. Empezaron a llegar mensajes. Yo veía notificaciones de WhatsApp todo el día —publicidad, grupos, cadenas— y ahí, enterrados entre medio, iban los clientes.
Cuando me senté a revisar el sistema con calma, me encontré con nueve personas que habían escrito pidiendo justo lo que yo vendo. Una tenía una vidriería y pedía valores. Otra fabricaba peluches y quería crecer. Un caballero con venta de vinos en Quinta Normal preguntó cuánto costaba que lo ayudaran con publicidad — y escribió quince veces.
Ninguno recibió una llamada mía. No porque no quisiera: porque nunca supe que existían.
Si me pasó a mí, que vivo de esto, te está pasando a ti ahora mismo.